Cuando Johan Cruyff llegó al FC Barcelona en 1973, revolucionó todo: técnica, táctica, mentalidad. Muchos jóvenes quedaron deslumbrados, y algunos veteranos se sintieron desafiados. Sadurní, ya portero experimentado, era uno de esos veteranos que no necesitaba demostrar nada… pero sí aprender.
Durante un entrenamiento, Cruyff estaba probando jugadas rápidas con pases imposibles y tiros desde ángulos difíciles. Muchos porteros se frustraban, pero Sadurní adoptó otra actitud: observaba, analizaba, se colocaba y respondía con calma a cada balón. Hay un episodio que los compañeros recuerdan: Cruyff le lanzó un tiro que parecía imposible de parar. Sadurní reaccionó con reflejos perfectos, detuvo el balón y, en lugar de celebrar, le dio un pequeño gesto de respeto a Cruyff: un asentimiento con la cabeza, como diciendo "lo tengo, sigue".
Cruyff quedó impresionado y comentó más tarde que Sadurní era uno de los pocos jugadores que podía seguir su ritmo sin perder compostura. Ese respeto mutuo se mantuvo durante años y ayudó a que el Dream Team del Barça desarrollara la confianza que los hizo grandes.
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