En un entrenamiento, el técnico pidió repetir una jugada varias veces porque no salía como quería. Schuster, perfeccionista y directo, empezó a mostrar su frustración. En un momento, delante de todos, señaló que el problema no era la táctica sino que algunos compañeros no estaban cumpliendo lo que se pedía.
Silencio total.
En un vestuario con egos grandes, no era habitual que alguien hablara tan frontalmente. Pero Schuster no era de guardarse nada. No gritaba por espectáculo: lo hacía porque odiaba la mediocridad.
Lejos de romper el grupo, aquello generó respeto. Incluso Maradona, que no toleraba cualquiera, valoraba su talento y su franqueza. Sabían que, cuando el balón pasaba por él, el equipo jugaba mejor.
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