En los años 60, las instalaciones del FC Barcelona no tenían ni de lejos las comodidades actuales. Cuando llovía fuerte, el campo se convertía en barro puro.
Muchos entrenamientos se acortaban. Algunos jugadores se iban antes para evitar lesiones. Era comprensible.
Pero Sadurní no. Cuando caía la lluvia intensa, él veía una oportunidad. Sabía que en partidos importantes el clima no iba a preguntar si estabas preparado. Así que, mientras varios ya estaban en el vestuario, él pedía a un utilero o a algún compañero que se quedara tirándole balones.
Se lanzaba una y otra vez sobre el barro. Blocajes con el balón empapado. Salidas por alto con el suelo resbaladizo.
Terminaba cubierto de tierra, literalmente irreconocible.
Cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía algo muy suyo:
- "Si el día de la final llueve, yo ya habré estado ahí."
Esa mentalidad lo llevó a ganar tres Trofeos Zamora y a ser durante más de una década el guardián del Barça en una etapa complicada. No era espectacular hacia afuera. Pero su preparación silenciosa lo hacía gigante bajo los palos.
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